Los humanos, por el hecho de serlo, estamos condenados a ser permanentes objetos y sujetos de evaluación. Continuamente estamos valorando todos y cada uno tiene acontecimientos o circunstancias que nos rodean (no podemos dejar de hacerlo) y, a su vez, continuamente estamos siendo valorados por los que nos rodean (“causamos impresiones” a todas las personas con las que interactuamos). Como es lógico esto tiene plena aplicación en el ámbito educativo. Los profesores se forjan impresiones de sus alumnos y, a su vez, los alumnos tienes sus ideas, con claras connotaciones valorativas, de todos y cada uno de sus profesores. Ambos emiten juicios valorativos sobre el currículo, las familias, las instituciones y los contextos en los que tiene lar el proceso de aprendizaje/enseñanza. Todo esto es irremediable y es lo que se denomina evaluación informal.
Podemos decir así, que la evaluación informal siempre ha existido y no así la evaluación formal, ya que es un claro producto de la investigación que se inició a finales del siglo XIX y que va a tener su apogeo a lo largo del siglo siguiente. Es por ello que dedicaremos este tema a ver la evolución histórica de la evaluación educativa, tratando de identificar las etapas más significativas.
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